Manuela, la hija del Patrón, enfrenta su propio drama

Por: KienyKe Septiembre 24, 2012

Pablo Escobar y Manuela EscobarEl periodista antioqueño José Alejandro Castaño vivió durante más de quince días con los Escobar en Buenos Aires, Argentina. Estuvo con María Victoria Henao y sus dos hijos, Juan Pablo y Manuela. Los acompañó en la vida cotidiana y se acercó a la hija de Pablo Escobar, quien tenía diez años cuando vivió al lado de su papá la huida de caleta en caleta. Manuela es una mujer atormentada por recuerdos de infancia, que la atropellan porque independientemente de cualquier cosa, Pablo Escobar, el bandido, era su padre. Y Manuela era para él su princesa. De allí el nombre del libro: ‘Cierra los ojos princesa’, editado por Icono Editorial.

He aquí un capítulo de una historia real recreada por la pluma de Castaño, un paisa que nació en las Comunas y vivió en carne propia la toma del narcotráfico de las clases populares de Medellín.

Eso le dijeron.

Que morirse es irse. Y su padre se había ido lejos, lejos como Pascual. Es que la vida también puede ser cruel como en los cuentos de hadas, y aunque no lo parece, los dragones sí existen y son malos, y se llevan a los reyes para separarlos de sus princesas; pero, tranquila, mi niña: de todas maneras, cuando mueren, los reyes se van a su cielo privado, uno muy bonito y elegante, el cielo más lujoso, y allí viven esperando a sus princesas, y mientras tanto juegan parqués y comen helados, y ven caricaturas y montan a caballo. Los caballos del cielo tienen alas y son blancos, de crines largas. Un tiempo atrás, ella, su madre y su hermano hicieron un viaje. Se fueron a una tierra más allá del mar. Dieron vueltas en un aeropuerto, escoltados por muchos hombres.

A ella la cubrieron con una chaqueta y le dijeron que era una capa mágica para hacerla invisible. Subieron escalas, bajaron, volvieron a subir, todo el tiempo rodeados de hombres, tropel de pasos, centelleo de cámaras. Tú nunca estarás sola, debes acostumbrarte a gente a tu alrededor, pero no confíes. Nunca confíes. La niña alzaba los bordes de la tela que la cubría y miraba afuera. Su hermano también se ocultaba, y su madre, procesión de cuerpos sin cabeza. Entraron a un avión. Todo cesó.

El aire adentro olía a café.

Les dieron galletas y luego salchichas. Pronto se durmió. Ella recordaría años después, en consultorios de sicólogas a las que tenía prohibido contarles toda la verdad, que el resto de ese viaje ocurrió muy despacio, como en fotos.

Cuando despertó ya habían cruzado el mar. Llovía. Estaba amaneciendo. Unos hombres los esperaban. Tenían las manos frías. Llevaban uniformes. Eran altos. Parecían molestos. Ella se asustó y quiso llorar. Una mujer le dio un bombón de chocolate, después le regaló una muñeca. Los subieron a un carro con luces rojas que titilaban sobre el asfalto húmedo. Llegaron a un cuarto. Su madre estaba ahí, podía verla a través de un vidrio pero no la escuchaba. Movía los brazos. Mostraba unos documentos. Se llevaba las manos a la cabeza. Parecía que gritaba. Su hermano estaba en otro lugar. No sabía dónde. El siguiente recuerdo es de nuevo en un avión, de regreso a donde todo comenzó. No los habían dejado entrar a ese país, ni a ningún otro, quién sabe por qué. Su madre leía la Biblia en silencio. Su hermano estaba a su lado. Él siempre estaba a su lado, así en la tierra como en el cielo.

Era mayor cinco años.

Tenía un peinado a la moda en forma de hongo. La madre le hacía fiestas con muchos comensales. Les decían comensales porque todos comían. La condición era que debían vestirse de un mismo color escogido por ella. Le hizo la fiesta azul, la roja, la blanca, la rosada, la amarilla, la fucsia, la negra en Halloween, la verde cuando el equipo de fútbol al que su papá le pasaba dinero ganó una copa internacional y los jugadores llegaron a la fiesta en limusinas pintadas de blanco y verde. Cada cosa debía ser del mismo color: los vasos para el helado, los manteles, la cubierta del pastel, los globos, el uniforme de los músicos, los listones alrededor de las copas, los vestidos de los papás de los niños invitados, hasta las aleluyas que caían de las piñatas, de las que también solían caer fajos de dinero envueltos en cintas del mismo color de la fiesta. En la época feliz, cuando el padre aún no había comenzado la guerra contra los ejércitos del otro reino, su madre hacía tantas fiestas que parecía que los colores iban a agotarse. Entonces, para no repetirlos, se ideó combinaciones que dieron lugar a un arcoíris de la alegría. La señora era una artista, decían todos, y celebraban sus ocurrencias aunque los guardarropas se les llenaran poco a poco de trajes de payaso que jamás usaban otra vez.

En el aeropuerto volvieron a cubrirla para hacerla invisible.

De nuevo tropel de pasos, centelleo de cámaras. Voces, maldiciones, puertas que se abrían, que se cerraban, ruido de sirenas. Llegaron a un castillo. Había soldados afuera y dos tanques de guerra, uno a cada lado de la calle. Pasaban helicópteros, temblaban los vidrios. Adentro había alfombras rojas y floreros con girasoles marchitos; en las paredes, cuadros de generales con medallas de antiguas batallas en las que fueron héroes, o algo así. Era un hotel. Quedaba en el centro de la capital, en esa era la de ella ni la de su madre ni la de su hermano; tampoco la de su padre, al que oyó decir que la odiaba por triste, por lluviosa, por fría, porque le daba dolor de cabeza y ganas de vomitar.

Los encerraron en un piso para ellos solos.

Tenían prohibido asomarse a las ventanas. Ni siquiera podían bajar al comedor. Les llevaban la comida a las habitaciones, luego de que un hombre la revisara. Era un sujeto del tamaño de un niño, manos fuertes, piernas arqueadas, de gesto nervioso. Le decían Tattoo, como al enano de La Isla de la Fantasía, ese programa de los domingos que era el preferido del padre. El señor Roarke y Tattoo recibían a los invitados vestidos de blanco impecable: «Queridos señores, soy su amigo, el señor Roarke, su anfitrión. Bienvenidos a la Isla de la Fantasía». Y les concedía sus deseos sin importar lo imposibles que parecieran: ganarse la lotería, conocer el amor de una sirena, convertirse en gladiador romano, hacerse cazador de tigres en la India, ser astronauta en una misión a la Luna, darle vida a un maniquí. A diferencia del enano de la televisión, el del castillo llevaba pistola y chaleco antibalas, y aunque no vestía esmoquin, sí era gracioso. En eso se parecían. Usaba un aparato mágico en la oreja por el que oía cosas antes de que ocurrieran; por ejemplo, que venía una persona y él preguntaba si podía dejarla pasar. Tattoo olía los platos de comida y a veces los probaba antes de que cualquiera pudiera comerlos. Su padre le había contado esa historia. En los reinos antiguos había hombres llamados juglares. Eran casi siempre pequeños para que pudieran caber por cualquier parte. En tiempos de paz cantaban canciones alegres y vestían trajes de colores y danzaban y reían. En tiempos de guerra cambiaban sus ropas y en vez de flautas llevaban espadas y probaban los alimentos de los reyes para evitar que sus enemigos los envenenaran.

Afuera del castillo los esperaba una jauría de reporteros.

Los fotógrafos disparaban sus cámaras contra los vidrios de los carros a prueba de balas. El suyo era el último de la caravana oficial y antes de que alguien pudiera advertirlo los entraron el sótano. Ya en el cuarto, mientras se quitaba la ropa, la madre cayó en cuenta de que su hija no tenía la muñeca que le había regalado la mujer del aeropuerto. Ella aprovechaba cualquier pretexto para intentar una conversación con la pequeña, distante y silenciosa desde la misma noche en que su esposo les dijo que no podían volver a verse. ¿Y la muñeca? La niña se encogió de hombros. ¿La habría dejado en el avión? No le importaba, tal vez porque no alcanzó a bautizarla. Su esposo creía que la mejor manera de olvidar era dejar todo en manos de la memoria, pero si lo que se quería era recordar, bastaba con poner marcas distintivas, por ejemplo a las personas, vestirlas con un alias. Habrá tenido razón también en eso, quién sabe en dónde lo leyó: que sin un nombre, el recuerdo es mudo.

Tarde en la noche.

Después de cruzar el mar de ida y vuelta, la niña se quedó dormida imaginando a su padre el rey sobre un caballo blanco: ella en su regazo, él mostrándole las riquezas de su reino por un camino de hierba verde y flores amarillas donde pastaban hipopótamos y cebras y avestruces y canguros y antílopes y bisontes y tortugas y osos hormigueros y elefantes y una jirafa, todos en paz. Su padre amaba los animales.

Por: KienyKe Septiembre 24, 2012

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