Los vuelos de Escobar

En esta cuarta entrega, Germán Castro Caicedo descubre la obsesión del capo por los aviones. Escobar cruza sus recuerdos escolares con sus cuentos de cómo por un avión coquero accidentado en una finca de Anastasio Somoza, el presidente de Nicaragua entró en el negocio.

Foto:Archivo Cromos
De cómo construyó una ciudad-laboratorio en el Darién panameño, de doce kilómetros, con una producción de dos toneladas de “perica” diaria, mucho más que lo que lo que produce la Ford. De cómo la muerte de Lara Bonilla puso a los mafiosos a correr en Panamá. Y de cómo, por oír radio, se le escabulló al presidente Daniel Ortega en Nicaragua.en el pantanoHistorias de balas, historias de animales, historias de selva. Historias de aviones.Hablar con Pablo Escobar pensando en escribir luego un libro, implicaba echar mano de cuanto recurso se asomara a la imaginación, sencillamente porque era un hombre de mil historias en torno a esa América subterránea, ahora conectada a través del negocio archimillonario de la cocaína.

Hubo una época –durante la búsqueda de metodología que permitiera exprimirle bien los sesos del recuerdo-, en la cual intenté pasearlo por temas aparentemente traídos de los cabellos como… las balas. Y detrás de las balas apareció lo que él llamaba la Guerra del Marlboro, el nacimiento de los carteles y el comienzo de los sicarios. Después fueron los animales y de allí salió la historia del  zoológico. Más tarde la selva y emergieron las cocinas donde se procesa la coca. Luego fueron los aviones:

Los aviones me asombran más que los automóviles, comenzó diciendo una noche de mayo de 1987 y a partir de ahí se fueron las horas engarzando recuerdos:
-Cuando era niño –decía- pintaba aviones en las pastas de los cuadernos, en algún papel que encontrara, en las paredes con un tizón de carbón. En donde podía, yo pintaba aviones, porque en ese momento ya sabía que algún día iba a ser rico y a tener avión propio. Por ahí a los dieciocho se lo confesé a un amigo y soltó la risa porque ese día no teníamos ni un centavo entre el bolsillo. Pero llegó el negocio de la “perica” que se mandaba entre lo que estuviera a mano, entre bastones o entre camándulas y de un momento a otro aparecieron los aviones llevando hasta sesenta kilos por viaje. Pero sesenta era bastante. Los aviones del comienzo eran navecitas pequeñas que se iban en malas condiciones, sencillamente porque aquí no había una infraestructura seria. Avionetas que volaban desde la Costa hasta Florida, por ejemplo, sin bajar en una pista intermedia con un piloto inexperto que no había hecho nunca vuelos de esos. Digamos un piloto deportivo que era lo único que se tenía a mano. Entonces cada vuelo era una odisea porque ellos se mandaban de frente, a matarse o a hacerse millonarios. Imagínese que una de las primeras rutas que yo conocí entraba por Bermudas, pero como en Bimini estaba el primer radar norteamericano, estos hombres sabían en que punto bajarse a ocho, a nueve metros de altura sobre la superficie del mar, concientes de que por allí puede haber olas de diez y once metros de altas. Y como generalmente cruzaban de  noche por ese punto, iban ciegos: lo único que veían era el  tablero fosforescente de su reloj de pulsera y la lucecita roja de la brújula. Nada más. Así se perdieron muchos…Así se perdió el primero que yo tuve.

En esos días el avión famoso era el de Jaime Cardona –se puede hablar de él porque ya murió-. Ese era casi de lona, muy liviano, estrecho. Una madrugada decoló de una pista en el bajo Cuaca y cruzando por Nicaragua tuvo una falla y se cayó. Y se cayó en una de las haciendas de Anastasio Somoza, el dictador. Al piloto le echaron mano, decomisaron la coca y cuando Somoza supo de qué se trataba, dizque lo hizo llevar hasta su casa y le dijo que lo dejaba  libre si regresaba a Colombia y les decía a sus patrones que los dejaba bajar en Nicaragua a tanquear y a reparar pequeños daños, pero si él iba en el negocio. Jaime dijo que sí y se asoció con él. Eso fue muy importante porque ahí empezaron las escalas técnicas. Y eso significaba más seguridad, poder llevar más coca y menos gasolina, cambiar el piloto por uno más descansado si era el caso. Ahí se avanzó bastante y Somoza ganó mucho, pero muchísimo dinero con nosotros.

Jaime Cardona fue después famoso porque estuvo, como se dice ahora, involucrado en un decomiso muy grande de “perica” en una finca llamada El Noventa. Allá agarraron por primera vez aeronaves colombianas. Yo creo que fueron cuatro o cinco aviones, mucha mercancía y a todos los capos de la época. Eso fue público, salió en la prensa.

Pero, si hablamos de aviones y de Nicaragua, entonces hay que ir obligatoriamente a lo de Lara Bonilla. Increíble el papel que jugó esa muerte en la historia de la coca:    Sucede que al día siguiente de haber caído el hombre, todos los mafiosos de este país arrancaron para Panamá, donde ya había inversiones y nexos y amistades y tal.

En ese momento, por ejemplo, ya se había conseguido con el general Noriega que no nos molestaran. La historia es sencilla: como un año atrás o algo así, aquí se presentó un teniente coronel de la Guardia  Nacional panameña, diciendo que nos ofrecían sus servicios, y después de reuniones y de confirmar que de verdad estaba apoyado por el general Noriega y que sí venía de parte de él, se le dieron cuatro millones seiscientos mil dólares.

Esa vez se planificó que la suma fuera de cinco millones para que él los repartiera dejándole dos millones y medio al general Noriega y el resto para él y otros oficiales de la Guardia, a cambio de que nos permitieran estar en el país sin molestarnos, y que, además, nos dejaran montar un laboratorio de coca y desembarcar  en Colón un éter comprado en Alemania, Quedamos en que cuando el laboratorio empezara a producir, el general Noriega recibiría una participación y él mandó decir que sí, que adelante con los faroles.

Nuestro hombre en Panamá

El cuento completo es que unos meses antes, un hombre que teníamos en Panamá –le decíamos nuestro hombre en Panamá- salió de una pista en la Costa norte de Colombia con rumbo al Istmo y arriba del Cabo Tiburón, que es donde hacemos frontera con ellos, se cerró sobre la costa, paso Puerto Obaldía y enrumbó hacía el Bayano y haciendo su vuelo visual, descubrió una pista grande que fue construida por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
La tal pista estaba escondida en plena selva y en medio del pantano del Darién, casi en los límites con Colombia y lo más le llamo la atención al hombre era que no estaba enmarañada con maleza alta ni baja.    Allí hay una selva cerrada y del borde de la selva hasta el mar unos bosques de palmas de cocos inmensos que la cubren, pero cuando uno sobrevuela con instrucciones, puede ver claramente el hueco y la pista, plana y verdecita como un campo de golf.
Sucede que a medida que iba pasando el tiempo, seguramente la brisa le tiraba arena y así la fue cubriendo, la fue cubriendo y encima le fue naciendo una capa de grama fina, que es lo que encontramos cuando aquel no avisó y fuimos en un helicóptero a verla.

Esa vez aterrizamos allá y el piloto sacó una herramienta, levantamos la grama y la capita de arena y, hombre, comprobamos que estaba toda asfaltada. Era una pista de mil seiscientos metros, a nivel del mar que es donde los aviones pueden salir más cargados, con buenas zonas de seguridad pero, a la vez, bastante camuflada por el bosque.

Inmediatamente nos pusimos a trabajar. Lo primero que se hizo fue conseguir indios de la región y poner una cuadrilla a levantar la grama y, luego, se le colocaron algunas ayudas elementales para que quedara funcionando.

La idea era montar allí mismo un laboratorio, el del “Darién panameño”, con lo más moderno de la época. En el país ya había mucha experiencia en el procedimiento de la pasta y se trataba de hacer un entable más grande y más  moderno que Tranquilandia, que de por sí fue muy grande y muy poderosa. Le voy a adelantar esto: con la ayuda empresarios y economistas muy importantes de Medellín –que son amigos míos- yo me he puesto a echarle números a Tranquilandia y hemos llegado a establecer que ese laboratorio, en sólo ocho meses de producción, dio más utilidades que Coltejer en sus primeros veintidós años. Y la que planeábamos en el “Darién panameño” era superior a Tranquilandia.

Bueno, pues más o menos al mes, empezamos a montar el laboratorio en esa selva que en muy pantanosa. Lo primero que se hizo fue comprar madera, pero las cantidades que usted quiera. Madera aserrada, madera en rollos de unas dimensiones, de otras, horcones, pilotes, madera plana para rampas, para entechados. Mire: yo creo que la inversión allí pasó de los diez millones de dólares, pero sólo en infraestructura. La madera se trajo de lejos por ríos y por mar, porque allí en el sitio y en lugares aledaños unos cuatro o cinco kilómetros –no se tocaron los árboles. Lo que se hizo, como en Pascualandia o como en Tranquilandia o como en Horizontes o como en Villa Coca – que fueron grandes cocinas de coca en el sur de Colombia- lo que se hizo allí, digo, fue tumbar la maleza baja y dejar los árboles con esas copas gigantescas cubriendo totalmente el entable, de manera que nadie lo pudiera descubrir, ni desde arriba ni tampoco desde abajo porque trabajábamos encima de un terraplén, en el centro del pantano.

Producimos más que Ford

El área de la cocina era grande. Ahora no podría decir cuánto, pero solamente en caminos y vías internas comunicando todas las dependencias, podía haber de diez a doce kilómetros. Para hacer los caminos o mejor, las pasarelas,  porque eran verdaderas pasarelas, se enterraban primero postes redondos de cuatro metros en promedio y encima vigas laterales y entre las vigas se atravesaban troncos delgados y fuertes, bien clavados. Había otras rampas largas y más fuertes para rodar por allí los barriles de éter, mucho mejor terminadas, con clavos muy bien rematados y ocultos a la superficie y en algunos pasos críticos atados con cuerdas y bejucos, de manera que cuando el barril, o como decimos aquí, la caneca fuera empujada por allí, no produjera chispa y así se evitaba el peligro de explosión que era frecuente cuando se manejaban esas sustancias.

Imagínese que las tres plantas Caterpillar que se compraron en Panamá generaban seiscientos kilowatios y se trajeron en un buque. De allí se pasaron a unas balsas grandes construidas por nosotros y de las balsas se bajaron a tierra y se encaramaron sobre rodillos de madera y empezamos a empujarlas a través de la pista. Más allá comenzaba el pantano. Cuando estuvieron al otro lado, las pasaron a una especie de balsa, las trasladaron por entre el barro y ya bien adentro de la selva las subieron encima de una rampa especial, haciéndolas caminar sobre rodillas de madera. Una vez ahí arriba, cuente ochenta hombres empujando, empujando, empujando un kilómetro hasta el centro del pantano. ¿Sabe cuánto se gasto en ese esfuerzo? Diez días trabajando de sol a sol. ¡Diez días!

La cocina era como son las cocinas: ranchos muy grandes. Esos ranchos se hicieron montados sobre las plataformas de madera, a unos dos metros encima del pantano. Y estaban divididos en caleta de armas, cambuches a sea, dormitorios, cocina y comedores, bodegas para la mercancía refinada, apartamentos para administrador y capataces, casa de motobombas para mover agua potable y planta de ozonización de agua para consumo humano, sección de plantas generadoras de energía y bodega de combustible al lado, bodegas de químicos líquidos –varias porque nunca se ponen todos los huevos en un solo canasto- almacén de herramientas, oxidadero, hornos de secado. Bueno. Lo que es una cocina. Lo que es una factoría que produce arriba de dos toneladas de “perica” al día: ¿Sabe cuanto es eso? más de lo que puede producir la Ford diariamente. Pero todo eso hecho por gentes de aquí. Por eso es que los norteamericanos andan molestos. Porque, mire, hombre: que no jodan tanto. Es que el asunto no es que la coca sea el coco, ni que la coca… ¡hombre!:

En el pantano sólo fuciona el ser humano

Todos esos estimulantes y antidepresivos,  todas esas drogas sintéticas de los grandes laboratorios legales de los Estados Unidos –legales, dicen ellos y con eso creen que lo arreglan todo-, son más peligrosos y más mortales y más enviciadores que la coca. Pero eso no se dice porque son producidos por ellos. El lío está en que, hablando de dinero, la coca los dejó atrás y esta es la primera vez en la historia que ellos no tienen la verraquera, ni la imaginación, ni el poder que tenemos nosotros. Cuando le enfrenté los números de Coltejer y de Tranquilandia, lo que quise decir fue que esta es la primera vez que los norteamericanos no controlan una industria, como se dirá…
-¿Convencional?
-Convencional. Y eso…Eso es lo que los tiene heridos, bacán.
Pero ya hablando con calma, mire: esa cocina era toda una ciudad levantada en miles de patas de madera clavadas con puntillas y amarradas con bejucos y debajo ese pantano y esa humedad. Era tan húmedo que no se secaba la ropa. Entonces llevamos yo no sé cuántas docenas de secadoras. Y los mosquitos. Y los zancudos. Hombre: allí en el tiempo que estuvimos no se supo ni un solo caso de paludismo, ni de infecciones, ni de tétano porque había una enfermería la verraca: con médicos y enfermeras y con especialistas en lo más importante. Con sala de cirugías pequeñas y, si la cosa era más grave, con avión ahí: listo para despegar.
Desde un principio programamos que el éter se bajaría por mar desde Colón hasta el sitio. Allí se tiraba al agua y había que “poliniarlo” o sea, treparlo sobre polines de madera redondos y empujarlos hasta la playa. Y ya en la playa se hacían rodar sobre los mismos polines hasta la pista que quedaba más o menos a unas cuatro cuadras.

Toda la operación era manual porque en esos pantanos no funcionan tractores, no funciona nada que no sea el ser humano. En esa forma atravesaban la pista, seguían hacía adentro por entre el barro y ya en plena selva los encaramaban sobre rampas de transporte de líquidos y los echaban a rodar, hasta sus respectivas bodegas.

El primer cargamento de éter fue de cinco mil barriles, pero ya venían navegando otros once mil desde Europa porque la cocina se planificó, calculando las diferentes etapas para ir desarrollando el proyecto. Entonces el primer éter llegó cuando las instalaciones estaban listas para recibirlo. Ahí se estudió tanto que antes de comenzar a construir ya habíamos comprado a una fábrica en Alemania, la producción de éter de todo un año.

Ese laboratorio se comió todo el esfuerzo y todo el dinero del mundo…Y toda la experiencia, porque mire una cosa: cuando usted piensa en producir, tiene que pensar en mercado, pues tiene que pensar en cosas como el transporte. Yo que le contaba la historia de los aviones de tela y los sesenta kilos de “perica”, le voy a soltar otra:    Antes de desarrollar esa cocina, se había pensado en la necesidad de aviones grandes. Entonces compré una compañía que se llama… O se llamó, “Inair” que fue famosa en Panamá y en Miami porque jodí tanto con esos aviones que terminaron por calentarse, hasta que agarraron uno en Miami con media tonelada de “perica”. El otro tuve que abandonarlo en el aeropuerto Omar Torrijos de Panamá. Si usted va allá lo tiene que ver cerca de la cabecera de una pista.
“Inair”. Eran dos Boeing 707 que funcionaban desde antes, cuando se llevaba la “perica” desde Colombia y la reuníamos en un centro de acopio en Panamá. Allá la empacábamos entre neveras dizque de fabricación nacional y así la mandábamos para arriba. Esa compañía funcionaba muy bien porque el gobierno, mejor dicho, el general Noriega certificaba que los refrigeradores eran producto panameño de exportación. Y, además, a “Inair” la manejaba en los Estados Unidos Ricardo Bilonick Paredes que era en ese momento embajador de Panamá en Washington.

Pero por otro lado, digamos año ochenta y tres, ya había muchos vínculos con Panamá. La gente de Medellín tenía bastantes negocios y proyectos para invertir más. Por ejemplo, un par de amigos míos la habían comprado a Noriega la isla de Contadora y estaban listos para empezar a construir desarrollos turísticos, pero no se terminó la negociación y Noriega se quedó con dos millones y medio de dólares que le habían entregado como avance.

Ahí es cuando viene la muerte de Lara Bonilla y al día siguiente, pensando en ese guerreo tan bravo que se iba a venir encima, la gente dijo, “vámonos para Panamá porque esta corrida hay que verla desde la barrera”. Esa mañana quedaron casi vacíos los hangares del aeropuerto Olaya Herrera porque casi todo el mundo se fue en sus aviones privados y llegamos, unos al aeropuerto de Paitilla y los que teníamos aviones más grandes al Omar Torrijos.

Todos eran deportistas

Entrar a Panamá era llegar a la casa porque también, casi todos tenían sus viviendas o sus condominios –como le dicen allá a los apartamentos-, automotores y hasta yates para salir de pesca a media mañana o irse a las islas del Caribe a jugar en los casinos. Tal vez el único que no había querido  comprar era el difunto Pablo Correa que alquiló todo un piso en el Hotel Marrito.

Yo me acuerdo que cuando la gente quedó instalada, mandamos a nuestro hombre de Panamá, en compañía de su socio Michael Kalish –un gringo que también era amigo del dictador- y de César Rodríguez, supuestamente el brazo derecho de Noriega, piloto de aviación, dueño de una compañía llamada Aeroejecutivo o algo así, a hablar con el General.

Entre otras cosas, a César, lo mataron más tarde en Medellín, por faltón: le robo a alguien quinientos kilos de coca y entonces la hicieron venir aquí, pero el man se vino con el hijo del general Paredes –otro de los allegados a Noriega- y les dieron a los dos. A los dos los mataron: a uno por faltón y al otro por pato porque nadie lo estaba llamando a él.

Total que el colombiano, el gringo y el panameño fueron donde el general a ratificarle que todo el mundo estaba ahí, que se acordara que él tenía un compromiso con nosotros que no nos molestara. Nuestro tipo, Kalish y Rodríguez hablaron con “El Tigre” Noriega y él nos mandó a decir que podríamos vivir tranquilos, siempre y cuando nos portáramos bien.

Y empezamos a portarnos tan bien que nos pusimos a hacer lo que nos gusta: deporte. Por ejemplo se puso de moda salir a trotar todos los días a las seis de la mañana por la Avenida Balboa, pero, fíjese a donde lo lleva a uno la bobada:    Cada mañana nos reuníamos antes de partir y se formaba una fila de Mercedes Benz y una nube grande de guardaespaldas: más guardaespaldas que mafiosos, pero todos vestidos con trajes de colores vistosos y balacas y hasta trusas de lycra que eran la última moda. Por ejemplo, El Mexicano tenía una trusa bien forrada al cuerpo, verde, con las mangas blancas y las piernas rojas como la bandera de México y a otros los acompañaba la señora o la novia en triciclos de llantas gordas para la playa, llevándoles termos con té helado o con juguito, y a otros, más liberados, una o dos viejitas de El Sombrero –un lugar de “estriptis” que era famoso en Panamá- con sus pelos rojos o sus pelucas plateadas, vestidas con el uniforme de su respectivo man.

Arrancaban los mafiosos y sus madrinas adelante y los sicarios detrás y más atrás esa caravana tan hijueputa de Mercedes Benz, andando al pasa por la avenida, con armas casi a la vista y carros acompañantes con luces prendidas, no joda…

A los pocos días, en Panamá que es la casa de los norteamericanos y la casa de la CIA y la casa del FBI y la casa de la DEA, los gringos empezaron a apretar a Noriega: que nos echara mano, que nos cogiera, y Noriega que estaba a sueldo de nosotros pero también a sueldo de la CIA y a sueldo de la DEA, empezó a ponerse nervioso. El le hacía saber de sus emputadas a César Rodríguez y César nos las contaba: que la DEA esta presionando al General. Que traten de largarse de Panamá, que no jodan más con los yates ni con el deporte, hasta que la cosa terminó por ponerse caliente y para lavarse las manos ante los norteamericanos, el cabrón de Noriega resolvió entregarles primero el éter –dieciseis mil barriles- y después el laboratorio que estaba a punto de comenzar a funcionar.

Entonces, nosotros al ver que el hombre le entregaba todo a la DEA, pensamos que estaba dispuesto a vender hasta su propia madre y empezó la desbandada. Unos se fueron para Brasil, otros para México, otros para España y yo para Nicaragua donde ya tenía conexiones con el gobierno, gracias a la ayuda de algunos jefes del M-19 que conocí cuando hicimos la paz con ellos, ¿recuerda?

De la CIA a los sandinistas

Nicaragua será siempre un punto importante en el transporte de coca para los Estados Unidos y nosotros habíamos perdido las pistas y la libertad para bajar allá desde cuando cayó Somoza, pero ahora con lo de la bronca de Noriega y la ayuda del Eme dije, vamos a probar. Si yo lograba abrir nuevamente ese paso, iba a recuperar una serie de rutas que dieron muchísimo dinero anteriormente. Y así fue.

Mire: para no alargarle mucho el cuento, cuando nos instalamos, a mí y a mí familia nos dieron la casa 001 de las que le habían quitado a los ricos de Somoza. Y para hacérselo más corto, le cuento que al poco tiempo de llegar allá, yo andaba recorriendo zonas de Nicaragua en un helicóptero ruso, acompañado por un delegado del Presidente de la República. ¿Sabe qué hacíamos? Escoger el sitio para instalar una cocina, que entre otras cosas, nunca se pudo montar. Esta es una historia muy diferente y yo se la voy a contar completa cuando estemos trabajando en el libro, muy diferente, digo, a la maricada de los gringos cuando montaron unas fotos mías, dizque para demostrar que los sandinistas estaban metidos en el tráfico de droga.

No sé si usted recuerde las fotos: yo aparecía cargando una tula –según ellos, llena de coca- a un avión piloteado por Barry Seal. En una pista de Nicaragua. De noche.

En primer lugar yo nunca en mi vida he sido carguero. Yo nunca he sido peón. Yo soy un capo. Y en segundo lugar, nunca se cargó coca en Nicaragua. Nunca.
Sucede que cuando yo recuperé el camino por donde los “nicas”, empezamos a operar por allí con un Titán. Un avión Titán es una nave con buen espacio adentro y una autonomía de unas trece horas. Avión lento. Entonces cuando se les mete bastante combustible para hacer un vuelo hasta los Estado Unidos, se pueden transportar, máximo, mil, mil ochocientos cosos. Entonces en Nicaragua eso era lo que hacía el avión: cargar combustible para tirarnos hasta otro país amigo y hacer lo mismo, ¿me entiende?

Pero si usted le suma a esto el asesinato de Barry Seal, el piloto que se nos torció y se puso a trabajar la DEA y dijo que había tomado esa fotos, entonces, ahí tiene a la justicia norteamericana retratada de pies a cabeza. Hombre: nosotros no matamos  a esa gonorrea ni cargamos  nunca coca en Nicaragua.
A mí me parece que lo de las fotos fue para tratar de tapar un escándalo que se venía encima: el de la coca manejada por el gobierno de los Estados Unidos a través de la CIA. Es que esta es una historia increíble: la coca nuestra para financiar a sandinistas y la coca nuestra para financiar a los enemigos de los sandinistas. Mejor dicho, la coca colombiana defendiendo las guerras del continente.

Lo de la coca buena

Lo de la coca buena –la que manejan los norteamericanos- es que cuando el Congreso de los Estados Unidos le quitó la ayuda a los Contras, el gobierno comenzó a buscar financiación para armarlos y para vestirlos y alimentarlos y con la ayuda de un viejo que fue embajador en Colombia y en ese momento era embajador de los Estados Unidos en Costa Rica, encontraron el gran negocio: coca colombiana.

Se trataba de infiltrar nuestras rutas y lo hicieron fácil porque en ese tiempo, algunos colombianos que estaban montando zoológicos y ganaderías finas, empezaron a traer animales en un avió Howard 500 que partía de Texas o de Lousiana –según los negocios- y bajaba a algunas pistas en la Costa norte de Colombia. Como siempre cae bien el transporte de perica para arriba, negociamos con ellos y empezamos a embarcarle al Howard media tonelada de en cada viaje. Y ellos cobraban cinco mil dólares por kilo transportado. Dos millones y medio de dólares por vuelo. Eso es mucho dinero. La “perica” la llevaban los gringos y se la entregaban a nuestra gente allá arriba y allá  se les pagaba esa fortuna.

Pues sucede que estando en pleno comercio, empezamos a captar cosas extrañas y por fin nos enteramos que esa gente era del gobierno de los Estados Unidos. Alguien dijo que de la CIA. No sé. Lo cierto es que mucho después comprobamos que el Howard operaba en pistas controladas por la CIA, en Texas y en Lousiana, y que una vez ellos agarraban el dinero del transporte, se lo entregaban al coronel Oliver North que era un tipo  muy importante en la Oficina de Seguridad Nacional. Y que el coronel sabía de dónde veía ese dinero y cuándo lo conseguían y cómo lo conseguían.

Según nuestros informes, él se lo entregaba a los Contras para que adquirieran legalmente el armamento, porque el gobierno de los Estados Unidos, había aprobado la venta, y ese armamento era transportado hasta Costa Rica por un piloto que se llamaba Pipe Cheyenne.

El epílogo

Amanece. Escobar ha desocupado la segunda lata de cerveza sin alcohol y la gente que anda de guardia anuncia que ya hay algo caliente para comer, pero él se halla pegado a la historia y levanta la mano para decir que esperen. El remate está en la punta de su lengua:
¿Sabe por qué nunca se construyó allá la cocina? Porque tuve que salir corriendo de Managua.  El cuento es así:     El presidente Ortega había regresado de un viaje a Europa –creo que España- y por la noche, escuchando radio me encontré una emisora en la que estaba hablando. No recuerdo bien que decía, pero oí que alguien le preguntó algo y él respondió una cosa que yo entendí muy bien. Inmediatamente sospeche que gobierno sandinista podía estar en negociación con los norteamericanos y que me iban a entregar. Entonces llamé al piloto y le di orden de que se fuera para el aeropuerto y alistara el avión. Recogí las tres cosas que debía llevarme y decolamos, diga usted, a las dos de la mañana. Después supe que los guardias sandinistas fueron por mí a las dos y media.

Germán Castro Caicedo | Cromos.com.co


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