Veintisiete años preso por culpa de Pablo Escobar

Por: KienyKe enero 27, 2014

Kris Maharaj, kienyke

Krishna Maharaj es un hombre que fue condenado por dos homicidios que sucedieron en Miami en 1986. Durante muchos años los abogados de Maharaj han alegado que los homicidios de Derrick y Duane Moo Young -en un hotel ubicado en el centro de la ciudad- los cometieron tres narcotraficantes colombianos que mataron en nombre de Pablo Escobar: Manuel “Cuchilla” Zuluaga -que fue asesinado en 1993-, Jaime Vallejo Mejía y Jhon Henry “El Chino” Rodríguez, quienes en teoría mataron por una deuda que nunca se pagó.

A pesar de que los abogados de Maharaj trajeron huellas dactilares de los tres colombianos para comparar con varias huellas dactilares que quedaron en la escena del crimen, luego de un análisis de las mismas, el Gobierno americano resolvió que no eran de suficiente calidad para ser comparadas con las del crimen. Krishna, que proviene de una prominente familia de la India y de Trinidad y Tobago, fue socio de los Moo Youngs hasta que pelearon porque Krishna los acusó de haberle robado 400.000 dólares. A pesar de que se encontraron sus huellas en el hotel donde asesinaron a Derrick y Duane, Krishna asegura que él se fue de la habitación antes de que llegaran los Moo Youngs.

Esta es la razón por la que sus abogados decidieron reabrir el caso en una Corte del estado de la Florida, informó The Guardian. El caso de Krishna Maharaj ha vuelto a los medios de comunicación luego de que el recluso publicó una carta en el periódico The Guardian en la que relata el estado en que se encuentra su vida en una cárcel a las afueras de Miami. Esta es la carta:

“El día fue el 26 de enero de 1972. Fue una gran celebración. No me acuerdo por qué planeé una fiesta de cumpleaños especial ese año –cumplía 33 años- pero supongo que estaba en la cumbre de mi buena fortuna.  Mi negocio de importación de frutas iba espectacularmente bien, y me había enamorado de los caballos. Entonces organicé la fiesta en el hipódromo de Kempton Park. Ese día estaba apostando – si me acuerdo bien, era por Golden Ridge- y todos mis amigos estaban a mi alrededor. Eran días felices, y yo recibía mi buena suerte con placidez.

Qué diferente es hoy.

Este año voy a celebrar mi cumpleaños número 75 en el South Florida Reception Center, una cárcel a las afueras de Miami, EE.UU. Me despertarán los guardias de la cárcel a las cinco de la mañana. A las seis nos servirán el desayuno: sémola y algo más que llaman “chicory” (no hay café de verdad). Luego de mi inyección de insulina, volverán a encerrarme hasta las 9:30 de la mañana. Luego debería recibir un par de horas en el patio, junto con otros 600 “reclusos”.

He sido condenado por crímenes que no cometí –dos asesinatos que ahora creo fueron cometidos por carteles del narcotráfico colombiano. He pasado 27 años, quizá los mejores años de mi vida, en una prisión– en el pabellón de los condenados a muerte hasta un nuevo juicio- y ahora no tengo derecho a libertad condicional hasta después de mi cumpleaños número 101. Estoy quebrado, por lo que no puedo sostener a mi familia, ni qué hablar de pagar mis apelaciones. Varias veces he estado cerca de la muerte, en la silla eléctrica de Florida o en el también mortal hospital de la prisión.

Kris Maharaj Y Señora, kienyke

Krishna y su esposa Marita.

Estoy intentando recuperar la movilidad luego de que casi muero hace algunos meses de algo llamado fascitis necrotizante. Entonces, en mi cumpleaños, lentamente empujaré mi silla de ruedas alrededor de un par de circuitos en el camino de concreto, antes de dejarme caer.

A pesar de que es la mitad del invierno, la temperatura ha llegado a los 28 grados Celsius, y hay humedad, así es que no duro mucho. Además, tengo una grapa que un doctor dejó en mi pie por accidente luego de una operación, y me duele muchísimo cuando intento caminar demasiado. No pueden quitármela, pues un doctor de buen corazón de la prisión me advirtió que me arriesgo a otra infección si llegan a abrirme el pie otra vez. Esta vez puede que pierda la pierna, así es que es mejor soportarlo hasta que pueda salir de aquí.

En un día normal, estaría de frente a una hamburguesa de soya, arroz y una bebida Kool-Aid para el almuerzo, aunque no me comería el arroz –que es bastante malo para un diabético. Luego de otra hora de encierro, quizá consiga otra hora libre en el patio antes de una segunda hamburguesa de soya coagulada a la comida. Se gastan un promedio de US$1.67 en mi comida diaria, y usted se puede imaginar qué se consigue por una comida de 56 centavos. Tuve un pastor alemán que se llamaba Jason -¡cuánto amaba a ese perro!-, que me mordía y salía corriendo si yo le servía esa comida.

El resto de la noche –hasta el “conteo final de reclusos” y cuando apagan las luces a las 10 PM- trato de leer el periódico. Recibo un periódico británico todas las semanas en un intento por mantenerme al día con lo que está pasando en mi país. Y me siento en mi silla de ruedas a hacer fila para los teléfonos, así puedo tener cinco minutos con mi esposa.

Hay una manera de que mi cumpleaños sea mejor que esos días apacibles, porque ahora verdaderamente entiendo lo que significa el amor. Este año no habrá champaña. No habrá ganadores en Kempton Park. Pero este año la fortuna me sonríe. Mi cumpleaños cae un domingo, el día de visitas. Este año voy a ver a mi esposa, Marita, quizá durante dos horas enteras.

Algunas personas llaman ‘ángel’ a su compañero de vida; en mi caso, yo sé que ella es un ángel. Marita lo ha abandonado todo por mí, apenas capaz de sobrevivir, solo para tener mis llamadas de cinco minutos, y venir a estas atesoradas visitas de prisión. Si no fuera por ella, hace mucho tiempo me habrían confinado al asilo mental o a una tumba. Con ella, incluso vale la pena vivir esta vida a medias. Todo lo que puedo hacer es tener esperanzas, y tengo esperanzas en contra de la esperanza que para su próximo cumpleaños, sus 75 años en noviembre, se festejaran entre viejos amigos en Londres”.

Translate »