Los continuadores de Pablo Escobar

El vacío abierto por la muerte del líder colombiano hizo necesario que el negocio se modernizara incorporando los cambios sociales y económicos y liberándose de prejuicios tradicionales, como los que había contra las mujeres y los homosexuales
Por Roberto Saviano | Corriere Della Sera

Si algo ha demostrado el capitalismo es que las revoluciones y las tragedias no han sido nunca capaces de derribarlo. Lo han arañado, pero su espíritu no se ha debilitado. El vacío abierto por (la muerte) de Pablo Escobar Gaviria es el anuncio del segundo paso evolutivo en la historia del narcotráfico colombiano. Es necesario adaptarse a los cambios, incorporar las mutaciones sociales y económicas, liberarse de la tradición y cruzar el umbral de la modernidad. La nueva especie ya está lista, ya ha proliferado colonizando zonas cada vez más extensas, ya ha aprovechado el hecho de no haber tenido que desangrarse demasiado en la lucha por el mando y de haberse encontrado con el respaldo de potentes aliados naturales. Ahora no tiene más que quedarse con todo. Hasta las más insignificantes desviaciones inciden en el futuro. Pablo era un macho, símbolo de una sexualidad llamativa y nunca domada. Se quebranta incluso ese estereotipo dominante, gracias a uno de los capos del nuevo cártel hegemónico de Cali, Hélmer Herrera, conocido como Pacho. Homosexual declarado, Pacho no habría logrado avanzar ni un metro bajo la férula de Pablo. Pero para los hermanos Rodríguez Orejuela, que han fundado el cártel, los negocios son los negocios y si un homosexual es capaz de abrir camino a México y de instalar algunas células de distribución directamente en Nueva York, entonces poco importa con quién se lo haga. También a las mujeres se las acepta. Las mujeres saben y pueden hacer de todo, desde el blanqueo de dinero negro hasta las negociaciones más importantes, y la palabra ambición ya no está prohibida. Desaparecen incluso las viejas sentencias de Medellín y a las mujeres ya no se las describe como capaces únicamente de gastar dinero y arruinar los negocios.

Otra diferencia: algunos de los socios de Pablo eran casi analfabetos, no sabían siquiera quién era el más grande escritor colombiano viviente, Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura. Se sentían orgullosos de ser un poder nacido del pueblo, que tenía que identificarse con ellos. Los cabecillas de Cali recitan versos de poetas colombianos del siglo XX y saben dar su justo valor a un máster en administración de empresas. Los nuevos narcos son capitalistas como los viejos narcos de Pablo, pero se han refinado. Se identifican con la élite del Nuevo Mundo, les gusta compararse con los Kennedy, que sentaron las bases de su ascenso con la importación de whisky en el sediento país de la era prohibicionista. Se las dan de honestos hombres de negocios, visten con elegancia, saben moverse en los ambientes de clase alta y circulan libremente por las ciudades. Se acabaron los búnkeres y las casas de superlujo escondidas quién sabe dónde. A los nuevos narcos les gusta la luz del sol porque es ahí donde se hacen los negocios.

También cambia el modo de traficar, que debe garantizar la seguridad de los envíos, a través de empresas falsas, y la explotación de los canales legales donde es fácil infiltrar la mercancía ilegal. Y luego los bancos. Primero el Banco de los Trabajadores, luego el First Interamericas Bank de Panamá, prestigiosas y estimadas entidades de crédito que los nuevos narcos utilizan para blanquear el dinero procedente de Estados Unidos. Cuanto más espacio conquistado en la economía legal, más espacio de maniobra para ampliar el negocio de la coca. Empresas de construcción, industrias, sociedades de inversión, emisoras de radio, equipos de fútbol, concesionarios de automóviles, centros comerciales. El símbolo de la nueva mentalidad es una moderna cadena de drugstores a la norteamericana, farmacia y droguería a la vez, que lleva el programático nombre de Drogas la Rebaja.

La estructura piramidal de Pablo ha quedado superada, es un renqueante simulacro, un dinosaurio extinguido. Ahora las narcoempresas fijan “objetivos de producción”, auténticos planes plurianuales. En el cártel de Cali cada cual tiene su propia tarea, y un único y simple objetivo: hacer dinero. Como en una multinacional monolítica por fuera y flexible por dentro, el cártel de Cali está dividido en cinco áreas, porque cinco son sus áreas estratégicas: política, seguridad, finanzas, asistencia legal y, obviamente, narcotráfico.

La violencia y el terror no se han abandonado, la consigna sigue siendo “plata o plomo”, pero mientras la primera puede correr sin límites, el segundo conviene medirlo mejor, emplearlo con más profesionalidad y raciocinio. Antes los ejércitos de sicarios estaban integrados por jóvenes arrancados de la pobreza, ahora son antiguos miembros y miembros corruptos de las fuerzas armadas; mercenarios a sueldo y bien adiestrados. La política se convierte en uno de los numerosos sectores de la sociedad a financiar, de modo que el dinero inyectado en su maquinaria funcione como anestésico y el Congreso resulte paralizado e incapaz de constituir amenaza alguna, y al mismo tiempo se condicione su labor. Se ha roto incluso el último y débil vínculo que unía a los narcotraficantes con su tierra. Para hacer negocios es necesaria la paz en el territorio, una paz ficticia y de cartón piedra que de vez en cuando necesita una sacudida, una advertencia para hacer entender a los colombianos que quien manda, aunque no se lo vea, siempre está presente.

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El narcoestado se expande e hincha los músculos, no mata a un candidato a presidente malquisto, sino que prefiere comprar los votos para hacer elegir a uno que le sea grato, contagia a cada rincón del país y como una célula tumoral lo altera a su imagen y semejanza, en un proceso infeccioso para el que no se conocen curas. La evolución, en cambio, exige sus propias víctimas. Cali se ha inflado en exceso, ahora ya se han percatado todos de ello, Estados Unidos y la magistratura no comprada. Pero su caída corresponde casi a una ley física: cuando ya no se puede crecer, hace falta muy poco para estallar o implosionar, y México, el pariente norteamericano, está ganando espacio de acción. El narcoestado presidido por el cártel empieza a vacilar y a perder piezas. It’s evolution, baby. Un nuevo vacío.

El fin del cártel de Cali es la última revolución propiamente dicha del capitalismo de los narcos colombianos. Con ella se derrumba el sistema de la estructura mastodóntica y su omnipresencia, quizá el único elemento, junto con la violencia endémica, que vinculaba la edad de oro de Cali a la época de Pablo..


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