La parábola de Pablo Escobar

Por Verónica Chiaravalli | LA NACION
Lo mejor de que la serie El patrón del mal haya sido un éxito es que les permitirá a los lectores reencontrarse con un libro apasionante: Planeta acaba de lanzar una nueva edición de La parábola de Pablo. Auge y caída de un gran capo del narcotráfico, obra del periodista colombiano Alonso Salazar J., publicada originalmente en 2001 y que sirvió como base para la popular producción televisiva. Si bien la serie destaca los aspectos más espectaculares de la vida de Escobar, el libro ofrece un panorama del cuadro completo y analiza el fondo histórico, político, social, cultural, económico y hasta psicológico sobre el que se recorta la figura protagónica del empresario narcotraficante. Sus familiares, vecinos, obreros, abogados y colaboradores fueron entrevistados durante años por Salazar. También sus víctimas y sus enemigos; y quienes lo combatieron desde el Estado y con la ley.

Escobar nació y murió en una misma fecha: 2 de diciembre. Sólo vivió 44 años. Mataba cuando le convenía y cuando quería. Según Salazar, solía decir: “En este país, donde sólo los pobres morían asesinados, quizás lo único que se ha democratizado es la muerte”. Su madre, doña Hermilda Gaviria, se enorgullecía de la opulencia de su hijo, en quien había inculcado la ambición por el dinero y los honores. Afirmaba que su excepcional inteligencia Pablo la había heredado de ella. Durante el reinado sin corona de Escobar prácticamente no hubo miembro significativo del establishment colombiano (político, militar, empresarial, eclesiástico, intelectual o artístico) que no haya tenido con él algún tipo de comercio, abiertamente sincero o barrido bajo la alfombra de la hipocresía. Escobar a todos daba y de todos se cobraba.

Hay fragmentos de La parábola de Pablo dignos de Cien años de soledad. Por ejemplo, el relato que doña Hermilda hace de la historia de su padre, el comerciante y contrabandista Roberto Gaviria, que llegó a ser alcalde de su pueblo. Gaviría compraba whisky y lo ingresaba ilegalmente a través del monte, en un ataúd acompañado por una comitiva de deudos “cuatro señoras y señores vestidos de negro, que lloraban al pasar por los resguardos de rentas”. El ataúd iba a parar al cementerio, y por la noche Gaviria buscaba el whisky y lo llevaba a una tienda. Allí perforaba huevos, los vaciaba y volvía a llenarlos inyectándoles el alcohol. Luego se los vendía a los bebedores.

Cuando escribió su libro, Salazar tuvo una finalidad concreta: “Quizás sea provechoso para Colombia, y en alguna medida para el mundo, evitar que el olvido sepulte las tramas complejas que se tejieron alrededor de Escobar y que, al final, nos quede el retrato pintoresco de un traficante del que simplemente se diga que fue cruel y desmedido”. El lenguaje televisivo puede haber borrado esos matices, pero en el libro vibran con absoluta nitidez..


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