El último misterio de Pablo Escobar: su hija Manuela

MANUELA ESCOBAR, Su infancia le marcó para siempre
Fue la princesa del temido narco y sus deseos eran órdenes para él, que le ‘creó’ hasta un unicornio, clavándole un asta de toro a un caballo pura raza
Ahora que sale una foto de ella ya de mayor, vamos en busca de la desaparecida Manuela
Exiliada con su madre en Argentina, cuando en el colegio le pidieron elegir un personaje, optó por Chaplin. Dicen que vive con miedo y depresión

SALUD HERNÁNDEZ
ALBERTO DOMÍNGUEZ
www.elmundo.es / 24/08/2015

Un escueto y enigmático mensaje volvió a cubrir con un velo de misterio la existencia de Manuela, la hija adorada de Pablo Escobar, uno de los criminales más despiadados de la historia.

“Lo único que puedo comentar al respecto es que no crean todo lo que vean, por más tinta que terceros le hayan gastado”, era la respuesta del hijo mayor del capo, Sebastián Marroquín -antes Juan Pablo Escobar-, a la pregunta de Crónica sobre la única foto que se conoce de su hermana desde 1993. Y con la frase: “En nuestra familia respetamos, valoramos y acompañamos los deseos y el derecho de permanecer en paz de mi hermana menor”, el primogénito del desaparecido capo de capi, daba por zanjado el interés de este suplemento por saber de la nueva vida de una chica desdichada.

“Su propia hija, su princesa, fue la última víctima de Pablo Escobar”, le dice a este suplemento José Alejandro Castaño, autor del único libro dedicado a ella (Cierra los ojos, princesa) y que reeditará a finales de agosto Icono Editorial. Manuela pasó de habitar el país de las maravillas que su padre inventó para ella, a darse de bruces contra una realidad espantosa.

Su calvario comenzó cuando sólo tenía nueve años de edad, el 2 de diciembre de 1993. Ese día sus compatriotas celebraban la muerte del jefe del cártel de Medellín, autor de un interminable rosario de atentados salvajes que causaron miles de víctimas fatales durante años. La policía le abatió cuando huía por un tejado.

Manuela sabía lo que era escapar con su padre, para su mirada infantil era un juego emocionante. En más de una ocasión, en los zulos donde se escondía la familia Escobar y su escolta de pistoleros para esquivar la implacable cacería de las autoridades, el progenitor le pintaba en la cara bigotes de ratita. Ellos dos, le contaba, eran ratones y debían despistar a los gatos que acechaban.

Se acostumbró al sonido de los helicópteros que revoloteaban sobre sus cabezas, a los coches que arrancaban a toda velocidad, a los gritos, a los nervios. Se dejaba guiar emocionada por la mano firme del padre, segura de estar con los buenos que siempre ganan.

Pablo Escobar la veneraba desde que nació en mayo de 1984, nunca le negó capricho alguno, por imposible que pareciera. Como el cumpleaños en que pidió un unicornio.

Para no decepcionarla, ordenó que clavaran un cuerno de toro en la cabeza de uno de sus caballos pura raza. La niña no cabía de dicha pero, según relató Popeye, jefe de sicarios del cártel, el equino murió días más tarde infectado por la herida.

Sebastián, por su parte, recordó que en una de las guaridas su hermana tiritaba de frío. El capo echó mano de lo único que podía arder para hacer una hoguera y calentar a Manuela: un saco repleto de dólares. Quemó dos millones.

“Bajo la almohada de su hija ponía fajos de billetes del ratoncito Pérez por cada diente que se le caía. A los cinco o seis años de edad, su padre le explicaba que tenían tanto dinero porque ellos eran mágicos, poseían un don que les hacía ganar decenas de millones en la lotería“, rememora José Alejandro Castaño. Otra vez quiso regalarle una nevada y trasladó a su famosa Hacienda Nápoles, enclavada en una región tórrida, la máquina que hacía el hielo en su pista de patinaje en Medellín.

“El drama para Manuela comienza cuando el padre muere y ella no tiene manera de agarrarse a la realidad, era demasiado pequeña para comprender”, señala Castaño. “El hijo, siete años mayor, entendía lo que ocurría”.

22 años sin papá

Arriba, la niña en brazos de su padre. Cuando él murió ella tenía 9 años. Hoy tiene 31. Abajo, la nueva foto de Juana Manuela Marroquín, antes Manuela Escobar, junto a su hermano. No había imágenes suyas desde 1993.

Viuda e hijos inician un angustioso periplo por el mundo mendigando refugio. En Estados Unidos les impiden la entrada. Vuelan a Alemania y reciben idéntico portazo. De regreso en Bogotá se hospedan en el lujoso Hotel Tequendama. La niña duerme con un mechón de la barba de su padre debajo de la almohada y una de sus camisetas de pijama.

“Coinciden con el cantante argentino Piero, preparando un concierto de Navidad para niños”, recuenta Castaño. Manuela tenía una voz preciosa. “Tenga un gesto con la niña, perdió a su padre, está muy triste. Inclúyala en el coro”, sugiere alguien al artista. Piero la escucha cantar y accede. “La niña estaba ilusionada pero los padres de los demás menores se niegan a que participe porque es hija del diablo. A Piero le parece abominable que todo el odio hacia el padre se vierta sobre la hija y ni siquiera le dejen participar en un coro infantil”, añade Castaño.

La última intentona es Argentina. El país suramericano les abre las puertas. Cambian de identidad, comienzan una ruta vital distinta. María Victoria Henao, la viuda de Escobar, modifica su nombre y se pone María Isabel Santos. A sus hijos les tacha el Escobar y lo sustituye por Marroquín, y Juan Pablo se convierte en Sebastián. Manuela se convierte en Juana Manuela Marroquín. Por primera vez sienten que el pasado se esfuma.

“En Buenos Aires la niña duerme bajo la cama muchas noches, se le quedaron manías de ocultamiento. Pero hay una escena más conmovedora: ante el cambio de milenio, en su colegio los profesores proponen que escojan a los protagonistas del Siglo XX, buenos o perversos. Unos alumnos optan por Einstein, otros por Hitler, Manuela elige a Chaplin. Un compañero se decide por Escobar, el carnicero del siglo XX. Ella escucha en silencio el retrato de su padre, nadie adivina que justo ahí está la hija”.

El golpe definitivo que la derrumba y la sume en una depresión profunda, se lo propinan en 1999. La nueva identidad de la familia sale a la luz y arrestan a su madre y a su hermano. Manuela se salva por ser menor de edad. Queda sola y se niega a regresar al colegio. Al igual que cuando se escondían en el búnker del capo, recibe clases particulares en su casa.

Cuando madre e hijo recobran la libertad, buscan ayuda psicológica para la adolescente. “A fin de evitar que la identifiquen, inventan un guión. En la consulta cuentan que son colombianos y que el padre, un hombre bueno, fue asesinado delante de la niña. María Isabel cree que la psicóloga puede imaginar el drama y a partir de ahí ayudar a la hija”, indica Castaño. “Pero cada vez que una psicóloga empezaba a detectar en el tratamiento piezas que no encajaban, la madre, temiendo que descubriera la verdad, suspendía la terapia y buscaba otra psicóloga“.

Sebastián termina Arquitectura y Diseño, se casa, trabaja y en un momento dado, da la cara ante el mundo y asume el papel de defensor de su familia. En el 2006 acepta que José Alejandro Castaño conviva unas semanas con ellos en Buenos Aires. “Nunca apareció Manuela, siempre se acababa de ir o no había llegado. Yo estaba con Sebastián, su esposa y su madre. Cuando iba a ciertos lugares de la casa y veía objetos de la niña, todo me parecía lúgubre y triste”.

Incapaz de superar la auténtica historia del padre al que adoraba, Manuela sufre trastornos psicológicos que desembocan en un intento de suicidio. Estuvo un tiempo distanciada de su hermano que le reprochaba su negativa a recomponer su vida, como hicieron él y su madre, que dicta talleres de coaching y tiene una empresa de desarrollo inmobiliario.

La tímida sonrisa de la fotografía y aparecer junto a los suyos podría indicar que la hija predilecta del capo recuperó el amor por su familia y por la vida. Pero quizá habría que atender la recomendación de Sebastián: “No crean todo lo que vean”.


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