El Patrón: la guerra

Por: Sergio Otálora Montenegro
Desde hace más de setenta años, nuestra historia de malandros es la misma de siempre porque la sociedad, en su entraña, contiene los mismos elementos que han reproducido, una y otra vez, la tragedia:

Digamos, entonces, que es 1938, Bogotá está a punto de ser escenario de una cruenta guerra entre la orden de contrabandistas del barrio La Culebrera y la orden del Verjón, comandada por el todopoderoso “Papá Fidel”, dueño de la mayoría de saques clandestinos de aguardiente, jefe de por lo menos 250 cafuches, hombre acaudalado, que vive en una elegante residencia del barrio Egipto, orgulloso dueño de dos automóviles, uno de ellos comprado a la policía nacional, según cuenta el cronista de El Tiempo, quien no oculta su admiración por un hombre que está al margen de la ley, que desafía la autoridad y, al mismo tiempo, es querido en los bajos fondos por su generosidad y arrojo.


“En caso de que no se llegara al arreglo deseado por los jefes –informa el reportero de la crónica roja de El Tiempo-el campo de lucha contemplaría a más de mil contrabandistas, todos armados, en pugna sangrienta, eliminándose mutuamente en aras de rivalidades (…)La policía teme que de un momento a otro se registre una tragedia sin antecedentes en Bogotá, debido al grado de perfección de la organización a que han llegado los bandos de cafuches que hoy se disputan la supremacía de los mercados de la ciudad y contra los cuales han resultado estériles y dolorosas todas las batidas intentadas por los agentes del resguardo”.

¿Si cambiamos los nombres, y al contrabando lo remplazamos por las esmeraldas o por la droga, no es un cuento que se repite como en un interminable juego de espejos?
¿Por qué nuestra tierra parió a “Papá Fidel”, a los patrones de las esmeraldas- que libraron una guerra repleta de sevicia, durante más de treinta años – y a los grandes capos de la droga, entre ellos a Pablo Escobar Gaviria, quien en su combate sucio contra la extradición, convirtió el terror en su arma de disuasión, ya fuera a través de carros bomba o de asesinatos selectivos que tocaron las grandes cumbres del Estado, de la política, de la justicia y del periodismo? ¿Por qué se ha dado silvestre tanta ignominia?

La sociedad colombiana, tanto la pastoril de la primera mitad del siglo XX, (estratificada, autoritaria, ultraconservadora, ensimismada) como la pretendida cosmopolita del siglo XXI (con el estigma de ser una de las más desiguales y violentas de América Latina ) ha puesto las condiciones y el escenario para que un montón de gente del campo y de la ciudad, marginada, excluida, sienta que la única manera de ascender en la escala social o de llegar al poder es a bala limpia, y, entonces, actúa en consecuencia. Aparecen, brotan del suelo, jaladores de carros, narcotraficantes, esmeralderos, contrabandistas, paramilitares, guerrilleros, sicarios, pandilleros. Y en el medio, como vector que los determina, una guerra de millones de días, en la que se cruzan, se mezclan, se combaten, o todo a la vez.

Entonces, apareció Pablo Escobar. Hizo el curso completo, robó carros, descubrió el narcotráfico, amasó miles de millones de dólares, se volvió congresista, fue admirado y temido, algunos lo vieron como un bicho raro, extravagante, del que sacaron dividendos políticos y económicos, otros lo combatieron con sinceridad y heroísmo, vino la extradición, Estados Unidos metió sus narices, literalmente, y le salió la otra pata a nuestra guerra endémica.
La violencia guerrillera siempre había sido una noticia lejana, pero con Escobar el desangre de siempre tocó la fibra sensible de las grandes ciudades, el pánico trastocó la vida del ciudadano corriente; impuso el espectáculo tenebroso de las bombas en centros comerciales, en aviones en pleno vuelo, en las calles tumultuosas. Su norte fue la venganza y el desafío a un Estado mediante la máquina de exterminio que se inventó para ajustar cuentas de todo tipo. En ese camino, distorsionó aún más las instituciones y ahondo la corrupción en todos los sectores sociales.

Algunos lo ven como un ángel exterminador, un genio del mal, un espíritu podrido e inmoral, guiado por el crimen y la ambición de dinero fácil. Un enfermo, en suma. Ojalá la serie de televisión que arranca sobre Escobar, trascienda los lugares comunes, los juicios de valor fáciles , y sea un espacio importante para reflexionar sobre una guerra que sigue ahí, viva; sobre una sociedad que aún produce delincuentes políticos o comunes tan sanguinarios como el capo del Cartel de Medellín. Ojalá sirva para ver el cobre de nuestras propias miserias, por qué nos hemos equivocado tanto en nuestro proyecto de Nación. Eso ya sería ganancia.
Fuente: EL ESPECTADOR


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