Cuando el paraíso era el infierno

hacienda_napolesABC visita la mítica hacienda Nápoles, la villa de ensueño de Pablo Escobar, el que fuera el rey del narco en Colombia
ALEJANDRA DE VENGOECHEA
A la izquierda, entrada al parque temático de la hacienda Nápoles e imagen del recorrido fotográfico que termina con la muerte del narco Pablo Escobar. Sobre estas líneas, su colección de coches de época, uno de sus tesoros.

Cuando la compró, en los años ochenta, el capo del narcotráfico Pablo Escobar trajo en aviones privados canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas de África. Eran 2.000 hectáreas en las que Escobar construyó trece lagos artificiales, casas para su millar de empleados, una pista para sus aviones, una plaza de toros, un hospital. Por la hacienda Nápoles, a seis horas de Bogotá en coche, pasaron políticos, modelos y todo aquel que se dejó comprar. Fue entre las colinas cálidas de Nápoles donde Escobar planeó matar a tres candidatos presidenciales. Bajo las palmeras de este «paraíso» se entrenaron paramilitares, sicarios, matones. La finca era exceso, violencia. Hoy es risas y esperanza.
Tras la muerte del capo en 1993, Nápoles pasó al Estado que no supo qué hacer. En 2006, por ejemplo, sólo en Cali, epicentro del Cartel de Cali, 37 funcionarios manejaban 2.000 inmuebles y más de 40.000 bienes: desde zapatos, hasta aviones y lingotes de oro decomisados. Todo se pudría o era robado en medio de complicados procesos de «extinción de dominio», término con el que se conoce la apropiación y distribución de bienes obtenidos con dinero del narcotráfico. Nápoles no escapó de los saqueadores de tesoros, del abandono. Los animales exóticos murieron de desatención y sólo sobrevivieron 16 hipopótamos.
Renacer de las cenizas
Aunque el problema sigue existiendo —de las 530.000 hectáreas incautadas a los narcos, apenas 100.000 han sido expropiadas— Nápoles logró renacer de las cenizas y se convirtió en el vivo ejemplo de cómo ganarle la partida a la historia. Hace un par de años, cuando finalizó la extinción del terreno ubicado en el corregimiento de Doradal (provincia de Antioquia), un grupo de inversores con experiencia en el sector turístico creyó que sí era posible transformar Nápoles en un parque de atracciones. «Estamos en los tiempos buenos, cuando se puede trabajar», explica Oberdan Martínez, administrador del parque, al referirse al aumento de tropas y de seguridad en Colombia.
«El presidente Álvaro Uribe Vélez recuperó esta región. Estábamos encerrados. Eran 187 kilómetros de la autopista Bogotá-Medellín intransitables. La guerrilla quemaba autobuses y secuestraba rehenes. Aquí no venía nadie. Hoy el turismo ha crecido un 70% y beneficia a todos», explica Javier Arístides Guerra, alcalde de Puerto Triunfo, el municipio aledaño a Nápoles.
Los terrenos de Nápoles son del Estado y de sus 2.070 hectáreas, 270 se destinaron a una cárcel de alta seguridad. En otras 500 funcionan cultivos comunitarios de ají(pimiento) y cacao. Hay 300 hectáreas que son de reserva forestal y el resto lo conforman los terrenos del parque temático, el más grande del país en su género. La empresa Atecsa, del grupo familiar de Óscar Jairo Orozco, ex concejal de Medellín, asumió el control y la explotación del parque por veinte años. Puerto Triunfo recibe un porcentaje de las 65.000 entradas anuales.
Verlo conmueve. Se entra a través de unos arcos de madera gigantes. «Bienvenidos a la aventura salvaje», anuncian unos parlantes. «Conozca las rutas de escape del gran capo Pablo Escobar. Vea cientos de nuevas especies. Paseo ecológico, baño en el santuario de sus otrora siniestros ocupantes», añade la voz. Las esculturas de dinosaurios antes destruidas, han sido restauradas. Los niños se deslizan por los cuellos de los brontosaurios y las colas de los mamuts.
La casa del capo, al final de un recorrido, es apenas una estación dentro de las nueve zonas del parque: hipopótamos, jurásico, reptiles, mariposario, acuario, caballerizas, coliseo de eventos y pista de aviones. Lo que antes fue delito hoy es pura diversión.
«El proyecto no quiere hacer apologías de Escobar ni de sus actos criminales. Pero tampoco pretende negar ni esconder la curiosidad que despierta el nombre del capo entre los visitantes», me explica Martínez.
Pablo Escobar es ya parte de la historia de Colombia. El parque está hecho de tal manera que sólo al final del recorrido se llega a la casa de Escobar, cuyas paredes están forradas con fotos gigantes de los muertos, de las bombas, del dolor. La última de ellas es la imagen de Sebastián Marroquín, como hoy se llama el hijo de Pablo, quien vino a pedirles perdón a los hijos del ex candidato presidencial Luis Carlos Galán y los hijos del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara, ambos asesinados por su padre. Se abrazan, se perdonan y uno tiembla.
Nápoles eriza. Se ven ex paramilitares desmovilizados que trabajan en los campos de ajíes. «Tengo libertad, no me escondo, soy legal», dice Robeiro Gómez, de 26 años. El día que realizamos esta visita, a las diez de la mañana, dos jóvenes entraron en el parque junto a su abuela. Los vi impresionarse. «¡Cómo tenía de plata!», alucinó Christian Gómez, un músico de 20 años. Luego, lo vi entender: «Mire esos muertos. ¿Cómo hizo eso?». Se ve futuro, se ve esperanza.
Fecha de publicacion
Día 01/08/2010
A. DE VENGOECHEA
ABC


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